Emocionalia

Porque no necesito hablar…

Porque no necesito hablar…

Ocurre que, en ocasiones, los silencios más prolongados suelen tener más mensaje que muchas de las frases que, dichas reiterativamente, están vacías de contenido y, lo que es más importante, de humanidad. Darle voz a los que carecen de nuestro mismo lenguaje se hace, más que una necesidad, un derecho inalienable. Ojalá que mis palabras no sean amontonadas en la montaña de la desidia y la indiferencia…
Porque no necesito hablar...…Me abrieron la puerta una mañana de la mano de una vieja cámara de fotos como quien recibe a un gran sultán, todo eran agasajos, miradas de cariño y palabras cuyo alcance desconocía pero que me hacían sentir especial y diferente al resto. No pasaban horas sin que recibiera visitas sin motivo para refrendar, a cada poco, que mi llegada se había convertido un hecho extraordinario y difícil de olvidar. Incluso podía contar por pares los abrazos, las caricias y besos que me agasajaban sin haber hecho absolutamente nada para merecerlos. De vez en cuando me preguntaba si todos los que eran como yo serían tan afortunados, pero como no tenía a nadie cerca tampoco podía mantener una conversación que me sacara de mi duda.
Salir a la calle era un verdadero espectáculo pues a cada paso me rodeaban solicitando mi presencia para felicitarle por tenerme a su lado, y ya digo, juro que no encontraba entonces motivo alguno para tan desmedida valoración, pero ellos son así, suelen valorar las cosas por la novedad más que por el sentido de las mismas. No obstante, por aquella época, esta cuestión no era el motivo de mis preocupaciones pues a decir verdad yo también me sentí preso de la circunstancia y me dejé llevar por las emociones. La juventud suele ser aliada útil de la ignorancia y carece de la voluntad suficiente que merecen las reflexiones importantes y que, desafortunadamente, vienen justo cuando me atrevo a contar esto. Pasaron los meses y me di cuenta de que fui convirtiéndome en el destino y necesidad de los momentos buenos y malos, todo el mundo podía encontrar en mí el puerto de sus alegría o la salida de sus frustraciones y, aunque me esforzaba por preguntarles el por qué de sus comportamientos, casi siempre me solicitaban silencio y a continuación me acariciaban como si con ello fuera a mermar mi necesidad de ser escuchado.
Dejé atrás la infancia, mi niñez y disfrutando la adolescencia, como suele ocurrir, había ya algunos que no me atribuían tanta bondad y me veían, más que como un amigo irrechazable, como un elemento de discordia que mereciera ser evitado. Caminaba por las calles, próximo a él, pues no le gustaban demasiado las distancias, y veía miradas de otros como yo cargadas de tristeza y abandono, caras de desolación que no alcanzaba a comprender. Recuerdo que en una ocasión, mientras él se acercó a comprar tabaco me quedé, sin más opción, esperándole en la puerta y fue allí la primera vez que alguien me dirigió la palabra…
Porque no necesito hablar...-Eres nuevo por aquí, ¿Verdad? Disfrutar es cuestión de tiempo, aprovéchalo…- No lo podía creer, comprendía su idioma y se estaba dirigiendo a mí.
-Bueno, relativamente nuevo. Lo cierto es que nunca antes se había dignado a hablarme y es algo agradable para mí que tú lo hagas.- Le dije, convencido de que sus palabras eran muy importantes para mí. Pero más allá de continuar aquella conversación con nuevas preguntas e intercambio de pareceres, aquel amigo bajó la cabeza y tras mirarme, como quien se despide de un presidiario después de una conversación tras el cristal, marchó con paso lento detrás de su mejor amigo sin decir ni media palabra. Aquella tarde al regresar a casa me tumbé como de costumbre, y mientras consumía los minutos frente a la chimenea, estuve dando vueltas a sus palabras, algo había detrás de aquellos ojos y tenía que descubrirlo. Ahora ya no necesito preguntárselo a nadie, los años me han ido dando la respuesta y me temo que seguiremos así durante mucho tiempo.
Llegaron los días en los que me veía mermado en mis facultades, no sólo para agradar a aquellos que me dieron su comprensión, ánimos y felicitaciones cuando el brillo cubría mi espalda y las distancias se hacían cortas mientras trataba de devolverles un juguete. Sin poder evitarlo era superado por otros que pretendían, desde la misma estupidez e ignorancia que yo disfruté, agradar a quienes quizá no lo merezcan. Las tardes se hacían eternas y la soledad se convirtió en mi mejor amiga, pues rara era la ocasión en que volver a pasear se realizaba como un evento cotidiano. Siempre le recibía con mi mejor sonrisa a pesar de que algún que otro incisivo había dejado hueco y el aspecto de la misma no llenaba tanto como antaño. Un par de caricias con desdén eran suficientes para enviarme de regreso al rincón de los fracasados, al lugar donde viven los sueños pasados, a la aldea de los que viven por inercia. Y sin más, los días se convertían en elementos cíclicos a los que perdí la cuenta atrás.
Una mañana decidió que salir era la mejor opción y me puse tan contento que saqué fuerzas de flaquezas para correr y desplazarme de aquí para allá como si tuviera doce años menos. Era tal la ilusión que me hizo aquella decisión que me trastabillaba cuando pretendía cambiar de dirección bruscamente para mostrarle que seguía siendo el mismo. Fue increíble, me invitaron a subir de nuevo en su coche, todo estaba exactamente igual, mi espacio me esperaba como antes y colocando mi mirada hacia un lateral pude sentir el aire fresco en mis pestañas mientras mi corazón latía fuerte y con vida otra vez. Había vuelto a casa. Pero al cabo de un tiempo, y sin existir motivo alguno, pues ninguno de ellos se dirigió la palabra en todo el trayecto.

Porque no necesito hablar...Pararon el coche, se orillaron a la derecha, junto a un gran árbol que había cercano a la carretera en mitad de la sierra y ella se giró hacia mí mientras él se bajó del coche. A la vez que me miraba pude ver la tristeza en sus ojos. Su mano izquierda me mesaba el pelo de la cara y no articulaba palabra. Hasta que la puerta trasera por donde entré se abrió, en ese momento me pidió perdón y se despidió de mí para comenzar a llorar desconsoladamente. Yo no entendía nada. Me bajé del coche con intención de repetirle a él toda la parafernalia que se suponen en esos momentos. Carreras descontroladas, saltos varios y búsqueda de aprobación acercándome a él como tantas veces lo hice para mostrarle mi felicidad por llevarme a cualquier lugar. Se arrodilló ante mí y cogiéndome la cara con ambas manos me miró durante varios segundos como si fuera la última vez que lo hiciera. Me abrazó contra su pecho como lo hacía cuando mis patas eras robustas y fuertes, cuando mis ganas por agradarle estaban intactas…cuando yo era yo. Se levantó limpiando su cara con la manga de su abrigo y cogiendo un palo que tenía cerca me lo tiró y me instó a que fuera a por él…Salí corriendo como si la vida me fuera en ello, exigiéndole a mi podre corazón un esfuerzo titánico y carente de sentido, pero lo hice. Cuando regresé se lo coloqué encima de sus pies, como a él le gustaba. Me faltaba el aliento y hasta mover el rabo era un ejercicio que me suponía perder energías. Volvió a tomar de nuevo aquél palo y yo traté de hablarle, de rogarle que no lo lanzara pues estaba muerto…ladré con todas mis fuerzas, gemí como cachorro al que apalean pero no me hice entender y vi de nuevo como lanzaba, esta vez, el palo aún más lejos y entre la maleza. Ante la duda de satisfacer su antojo o reconocerle una tregua a mi débil corazón opté por lo primero y salí corriendo a duras penas para adentrarme entre matojos y espinos del monte. Me costó rasguños y pinchazos en las pezuñas pero conseguí llevar de vuelta mi juguete, su trofeo. Pensé, es tal el cansancio que estoy desubicado, perdido y desorientado, ya no veía el coche y, aunque su olor aún estaba en el mismo sitio, sus pies ya se habían marchado…
Porque no necesito hablar...Recordé las palabras de aquel viejo amigo, “Disfrutar es cuestión de tiempo, aprovéchalo…” , y ahora vivo mis últimos días asaltando rincones con restos de comida, apoyando mis patas heridas sobre la miseria y reconociendo que el ser humano no fue hecho para respetar la vida. Si en ocasiones, con idiomas diferentes, trata a sus semejantes como si fueran desechos, cómo habrá de tratar a un pobre perro al que no entiende, a pesar de que éste le regaló los mejores momentos de su propia vida, le concedió lealtad, compromiso y amistad incondicional hasta el final. Ojalá que ese día, cuando entre por la puerta alguien diferente, cubierto de pelo, sin hablar demasiado y con los ojos llenos de ilusión, exista del otro lado una persona que entienda que los animales son algo más que un juguete con fecha de caducidad al que poder abandonar

  Agradecimientos a apeidaumregalodonarizagentetrata.blogspot.com

fondosdepantallaymuchomas.wordpress.com por dos de las fotografías.

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Obra registrada a nombre de Justino Hernández en SafeCreative.

 
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