Emocionalia

Los brazos de cartón

Entre las muchas cosas que caracterizan al ser humano, afortunadamente, y que nos hizo llegar hasta este momento está pensar, elucubrar, darle forma a las conjeturas, a las suposiciones y a todo aquello que atraviesa, con más o menos acierto, nuestro malinterpretado pensamiento.

Tengo la fortuna o la desdicha de presenciar a diario miles de enigmas, cruzando el desierto extenso de mi atrevido intelecto, creyendo en ocasiones que puedo dar respuesta a todo cuanto acontece en él. Ambos somos conscientes de nuestras limitaciones pero al final llegamos a la conclusión de que vivir supone eso, interpretar y darle forma bonita a todo cuando pensamos, imaginamos o soñamos.

Es por esto que te invito a descubrir uno de mis laberintos, esta noche te desvelaré un secreto…

Los brazos de cartón

Llevaba tiempo realizando el mismo camino de casa al trabajo y del trabajo a casa. Giraba la llave de la cerradura contando las vueltas imaginando que en algún momento fuera tan sólo una en lugar de tres, eso sería señal de que alguien ya estaba dentro, pero nunca fue así.

Los retratos eran caras que alumbraban su salón, las cortinas tibias redes que atrapaban el sol de otoño antes de que se desvaneciera sobre el sofá donde pocas veces se sentó.

Ropas de la reserva, de aquellas que no pasan evaluación ni prejuicios ni son tildadas con absurdos  argumentos ni por su tacto ni su color. Son ropas de andar por casa, con más historia y sentido que muchos de los seres humanos a los que la vida les concedió razón.

Y así de esta manera, con música de fondo y cantinela entre sus labios preparaba la comida, balbuceando, tal vez, algún pensamiento en voz alta sin darse cuenta. Llegó a aceptar que la edad traía estas cosas, hablar en segunda persona y contestarse así mismo para jugar a burlar la soledad.

Comer en silencio trae consigo bondades que gestionan la paz intestinal, te hace consciente de todo y te vuelve sensible a lo bueno, lo sencillo, aquello por lo que merece la pena dejar de mover el mentón. Por eso, Miguel no valoraba el momento con los tintes propios de la aflicción sino con la fortuna de saberse cierto, consciente de todo lo bonito que supone vivir cada renglón.

Las tardes con hojas secas saben mucho mejor cuando se escribe, cuando la noche se precipita sin llamarla y el rocío cubre la barandilla de tu viejo balcón. Son atardeceres mágicos desde el lado cálido del cristal de tu habitación, son motivos que te ofrece la vida para que juegues de nuevo a soñar con el amor…

Aquella noche, Miguel, colocó en el estuche las gafas de lectura después de recorrer las últimas páginas del tercer libro, empezando por arriba, de su mesilla. Qué extraordinario sería, pensó, coincidir como rayos aleatorios e imprevisibles, antes de que echara a andar el telón…Y con ello, cerró sus ojos y se dispuso a dormir.

Sin que hubieran transcurrido más de diez minutos le sobresaltó un ruido extraño que parecía venir del salón. Pensó que igual lo había imaginado y volvió a cerrar los ojos. De nuevo escuchó aquel sonido y esta vez la mezcla de curiosidad y preocupación le echaron de la cama.

No con poca incertidumbre y con la luz de la linterna del móvil llegó hasta la puerta del salón, donde seguía escuchando aquellos sonidos entre sollozos y lagrimeos, tal vez algo parecido, pensó.

Al tornar la puerta de aquella estancia, con las manos temblando cruzó la mirada con alguien sentada en medio del salón. Pelo largo, moreno y sin forma. Cubría su cara mojada mientras las manos hacían lo propio con el resto del cuerpo, estaba casi desnuda.

Se arrodilló frente a ella mientras ésta trataba de protegerse para que no la tocara.

¿Quién eres?- Le preguntó a la muchacha.

¿Dónde estoy, quién eres tú? – Le contestó ella pareciendo estar aturdida.

Has aparecido en mi casa y no quiero hacerte daño, sólo deseo saber cómo has aparecido en mi salón. Antes de irme a dormir, no había nadie aquí…-

Ella lo miraba como si le concediera escasa credibilidad a su reacción. Su cuerpo tiritaba de frío y sus manos, una y otra vez apretaban sus brazos como si quisieran protegerla de lo desconocido.

Me llamo María y estaba en mi cama, soñando, creo. Llevo tiempo viviendo sola y en ocasiones me voy a la dormir imaginando que alguien me abraza. Pero esta vez fue diferente. Cerré los ojos y todo se volvió oscuro y frío. Al volver a abrirlos me vi en este sofá mientras escuchaba tus pasos por el pasillo. No me hagas daño, por favor…- Le solicitó con los ojos acristalados a Miguel.

-¿Por qué habría de hacerte daño? Yo también sueño eso a veces, quizá la necesidad nos hace imaginar aquello que anhelamos. – Acabó de decirle mientras rodeaba a la muchacha con una manta para tratar de aliviar su frío.

Sus miradas quedaban fijas en la del otro como si se conocieran de otra vida, de otro momento, de otro tiempo quizá. Se tomaron de las manos, era como si no necesitaran hablar. Emanaban un calor extraño nunca antes percibido. Sus cuerpos cada vez pesaban menos y Miguel decidió alargar sus brazos para rodearla pero sintió que estaban rígidos y sin fuerzas. A ella le ocurrió lo mismo. No hubo forma de estrecharse porque no gobernaban la voluntad de sus brazos. Eran de cartón, como su cuerpo, como sus piernas, como las manos que estrechaban con toda su intención.

De pronto todo fue oscuro, frío, sin aire…ruido de fondo, un pitido intermitente y aquella muchacha se desvaneció. Miguel se giró bruscamente en la cama. Era su despertador. Las siete de la mañana de un lunes cualquiera.

Saltó de la cama y corriendo se fue hasta el salón. De rodillas se colocó en su centro y estuvo mirando, buscando pruebas, había sido demasiado real, pensó. Cuando vio que había sido un sueño se levantó y caminó para abrir la ventana y cuando se giró, la luz del nuevo día dejó ver en el suelo una marca redonda de agua, del tamaño de un botón.

Se vistió, desayunó y partió hacia su trabajo. A la vuelta, como si se tratase de la misma canción, retrocedió sus pasos por el mismo paseo, paralelo al río  pisando hojas secas y amarillas, absorto, como si se tratase del protagonista de una obra de teatro de Calderón. Jugando con la verdad, el color de los sueños y preguntándose si éstos son sólo sueños o no.

Al girar en el camino, disfrutando de los rayos de sol, con los ojos entornados, no advirtió la presencia de otra persona y al piso se fueron los dos. El con todos sus libros y ella con las manos abiertas.

Quedó de rodillas frente a la chica, ella alzó la vista y retirándose el pelo le pidió perdón – Venía distraída, pensando en mis cosas y el resto lo hizo el sol.-

-¡María…!- Exclamó casi balbuceando. Le tiritaban las manos mientras la tenía sujeta por los hombros para levantarla del suelo.

-¿Eres Miguel?, ¿Existes de verdad? – Le respondió María.

-Anoche soñé que despertaba en el salón de una casa desconocida. Un lugar donde no había estado jamás. Sentí miedo y lloré mucho. Mi almohada amaneció empapada, pareció tan real…- Le dijo a Miguel mientras éste no acertaba a mantenerse de rodillas de la impresión del momento.

De repente y sin dudarlo, surgió de ellos la voluntad de abrazarse fuerte. Tan fuerte que parecían fundidos mientras otros transeúntes, ajenos a lo que estaba sucediendo, les evitaban en su caminar.

Tanto tiempo estuvieron abrazados que en ese mismo lugar creció un nuevo árbol, lo llaman el árbol de los sueños. Donde, si lo abrazas en silencio, con los ojos cerrados, sientes que ese tu abrazo viaja hasta otro lugar, otro tiempo para abrazar a alguien que lo soñó.

Es que ningún abrazo se pierde, ni aquellos que no damos pues sólo basta con pensarlo, con la intención. En ocasiones, universos paralelos juegan a comunicarse, a traspasarse los abrazos que no tienen dueño por la necesidad que tienen otros de recibirlos por amor.

Existen muchos Miguel y María, cientos de miles, cada vez más necesidad de ofrecer y recibirlos. Tal vez, a coste de saldo, no merezca la pena guardarlos y no necesitemos motivos para acercarnos a alguien y estrecharlo sin otra razón.

Anoche soñé que pasaba en mi mundo, anoche soñé que te abrazaba y hoy te lo contaba en mi salón.

Guárdame el secreto, en silencio. Las paredes escuchan y se entristecen de la emoción. Ellas tienen los brazos, siempre, duros y fríos, siempre de cartón.

Espero que os haya gustado y os rogaría que si así fuera,votéis el artículo, os suscribáis en el formulario de la web para recibir de primera mano y en un mail mis publicaciones. Gracias por vuestra atención, sois muy importantes para mí.

Obra registrada a nombre de Justino Hernández en SafeCreative

 

 

 
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