Emocionalia

La muñeca que siempre regresa…

La muñeca que siempre regresa…

Tomar las leyendas como meras supersticiones puede acarrear más de una sorpresa y, a lo peor, más de una experiencia desagradable que te acompañe el resto de tus días.  Jugar con la imaginación tiene límites aunque no lo parezca. Si el miedo no es el mejor de tus aliados es, quizá, menester poco afortunado seguir leyendo estas líneas. Si por el contrario amas el riesgo de sortear las historias que esconden misterio, te aconsejo que apoyes bien tu espalda, abras tu mente y te dejes llevar por la inercia de cada una de las líneas. Por último te aconsejo que tras el punto final tengas los pies en alto…No siempre el suelo es el lugar más seguro.

La muñeca que siempre regresa...La leyenda, si es que lo fuera, cuenta que sucedió hace casi ciento cincuenta años al norte de Madrid, en un pueblecito llamado Braojos, bello rincón en la actualidad donde pocos del lugar conocen la historia que sólo tu estas a punto de descubrir. Manuela era una muchacha un tanto arisca, con escasa capacidad para mantener relaciones sociales más allá de la necesidad que la vida nos impone y rara vez se la podía ver entablando conversación con alguien sin haber un trato de por medio. Su infancia no se había caracterizado por su bondad sino más bien por la ausencia de cariño y un padre que, siendo viudo desde que ella naciera, tildó su existencia con la culpabilidad de la muerte de su madre. Por esta razón, Manuela fue tratada como un estorbo, alguien que no merecía demasiados cuidados, alguien que marchitó su infancia entre azotes con cuerdas viejas de esparto sobre su espalda y privación de todo aquello que nos hace recordar nuestra niñez bajo el halo de una ilusión. Sólo se le veía sonreír cuando algún niño despistado se la acercaba por error y ella se deshacía en elogios, caricias y juguetes que sacaba de los bolsillos de su vieja chaqueta de pana. Los niños eran advertidos sobre su presencia pero desoyendo los consejos corría la idea entre ellos de que Manuela, más lejos de ser mala, se comportaba como una bruja, pero una bruja de las buenas, por eso no le temían y, más al contrario, albergaban hacia su persona cierto afecto.

En casa todo cuanto acontecía guardaba cierta similitud con el mismo infierno. Su padre, un anciano avaro y despiadado, sin menester alguno del que ocuparse por su avanzada edad, consumía sus últimos días abrazado a la bebida y a la desidia que la embriaguez les concede a cuantos participan de tal plan una vez que los efectos del alcohol se evaporan. Su llegada a casa era siempre abrupta y descontrolada pues era Manuela el destino de fuertes palizas e insultos que, según él, merecía recibir siempre. Las heridas externas marcaban la piel de Manuela como si fueran marcas de una guerra cruel y sangrienta en la que jamás quiso participar, pero más profundas y severas eran las que los demás no podían ver, esas que se esconden en lo más profundo del alma auspiciadas por las lágrimas de un corazón roto que late por inercia sin poseer vida propia alguna.  La comida siempre había de estar hecha y llenas las botellas de vino, para que los deseos de su padre fueran colmados a cada instante. A cambio recibía, los días de mayor suerte, un pedazo de pan con las sobras de la comida que él desechaba y un plato de metal donde le vertía el agua racionada para que pudiera beber sin utilizar las manos. Todo porque él pensaba que habría de beber como los animales… Sin duda alguna, pocos seres humanos serían capaces de soportar tamaña dureza y una vida tan carente de sentido. Pero Manuela resistía con la esperanza de que una mañana su padre no se levantara de la cama y la vida le abandonara para siempre.

La muñeca que siempre regresa...Una de las noches de Enero del año 1.868, cuando la niebla y el frío se apoderaron de las calles del pueblo y nadie caminaba ya por ellas, la puerta de la casa se abrió de repente. Manuela estaba tumbada en su cuarto, sobre la cama de madera maltrecha en la que su padre le obligaba a dormir. Pensó que la mejor opción era permanecer en silencio pues el olor a alcohol llegaba desde la puerta hasta todos y cada uno de los rincones de la pequeña casa. Mascullando entre dientes se le escuchaba maldecir y blasfemar contra la vida, su mala suerte y la desgraciada de su hija. En ese momento, se oyó abrir la puerta del armario que había en el cuarto de su padre. Ese armario tenía dentro una escopeta de caza, la misma que el anciano usaba cuando, años atrás y siendo más joven, iba a cazar al monte con sus amigos.  Manuela aterrorizada, se acurrucó en un rincón de su cuarto cubierta por la única manta que tenía mientras abrazaba su maltrecha muñeca de trapo. Le sudaban las manos, su cuerpo temblaba y los dientes castañeteaban como lo hacen aquellos cerca del hielo. Los pasos cada vez más próximos hacían crujir la madera del suelo y comenzó a llorar desconsolada sin poder remediarlo. Llegado el instante su padre abrió súbitamente la puerta de su alcoba y volvió a chillarle de nuevo. Sus ojos inyectados en sangre y la boca llena de babas no permitían entendimiento alguno a lo que trataba de balbucear. Las manos temblorosas portaban la escopeta que, cargada, apuntaba a Manuela mientras le recriminaba, de nuevo, todas aquellas cosas que, según él, eran las causantes de su infortunio. Manuela pensó que aquella noche podía ser la última y se armó de valor para hacerle frente aprovechando su estado de embriaguez. Se puso en pié y chillándole intentó amedrentarle para que desistiera en su nuevo intento de lastimarla. Él, viendo aquella acción aumentó en su cólera y la tiró sobre el suelo de la habitación golpeándola con la culata del arma mientras, con la inercia de la fuerza practicada, se precipitó al suelo y se le disparó la escopeta provocando un sonido aterrador, seco y frío que produjo un eco sin igual dentro y fuera de la casa. Después todo quedó en silencio…

A la mañana siguiente, despertó sobre el suelo de la habitación embadurnado en su propio vómito y con la mano derecha sujetando el cañón de la escopeta. Al otro lado de la habitación yacía el cuerpo sin vida de Manuela pues aquel tiro fortuito alcanzó a ambas. Después de atravesar la cabeza de la muñeca, la munición fue a alojarse en el pecho de Manuela provocándole la muerte. Sus ojos aun abiertos miraban a su pequeña muñeca como si trataran de salvarla, sus manos rígidas y frías, la abrazaban contra su pecho para no separarse jamás.

La muñeca que siempre regresa...El anciano no contó a nadie lo que ocurrió aquella noche y enterró a su hija, como si de un animal enfermo se tratara, lejos del pueblo, en un descampado donde nadie pudiera hallar su cuerpo. Donde ni siquiera los perros pudieran ser atraídos por su olor. Con aquella acción dio por cerrado el círculo que le atormentaba e hizo, según él, justicia por la pérdida de su mujer hacía treinta y cuatro años.  En el pueblo comenzó a extenderse el rumor de que Manuela se había marchado pues no se la había vuelto a ver y  los niños frecuentaban el árbol donde solía darles juguetes hechos por ella y donde les cantaba, a modo de historias, canciones y retahílas. El anciano siguió con su vida como si nada hubiera pasado y mantuvo los hábitos que le habían caracterizado los últimos años aunque ya no estuviera con vida su supuesto motivo. Pasados tres meses de la muerte de Manuela, regresó a casa una noche menos borracho que de costumbre y cerró la puerta tras su paso. Su única compañía era un gato negro al que adoptó para no sentirse tan sólo. Como la cocina no era lo suyo y ya no disponía de fiel cocinera se marchó a la cama sosteniendo en su mano una botella de vino. Una vez tumbado, y para mermar los efectos que el alcohol hace sobre la orientación espacial, sacó una de sus piernas fuera de la cama para que tocara el suelo. Realizado esto notó como su gato comenzaba a lamerle el pie y esto le resultaba algo incómodo. No obstante, en su estado, tampoco era motivo suficientemente importante como incorporarse y evitarlo. Aun y así, pasados unos minutos le despertó en la noche el sonido incesante y con eco de un goteo. A duras penas, y con no poca rabia por la interrupción del sueño, cerró el grifo en la cocina y  se volvió a la cama aún con síntomas etílicos. Justo cuando su mano colgaba fuera de la cama, pudo sentir de nuevo que el gato lo volvía a lamer, en esta ocasión con mayor intensidad y casi mordiéndolo. No habían transcurrido muchos minutos y el sonido de goteo se escuchó de nuevo y, recurrente, se levantó y fue, esta vez, al baño para cerrar el grifo. Una vez más, cuando volvió a la cama sintió el lamido del gato sobre la mano, más intenso aun que la ocasión anterior. Por esta razón trató de golpearlo con los ojos cerrados para ahuyentarlo de su lado. Como si de una pesadilla se tratara, volvió a escuchar el sonido del goteo que en esta ocasión venía de la alacena. Llegó a la altura de la misma y cuando abrió la puerta, para su horror, encontró al gato negro colgado por su garganta, con una muñeca de trapo a su lado y una nota que decía…”Aprendí a lamer para poder beber el agua que me dabas…”.

La muñeca que siempre regresa...Nunca más se supo en el pueblo de aquel viejo, ni tan siquiera los coetáneos del lugar recordaban haberle visto más por los alrededores, es como si su existencia se le hubiera tragado. La casa fue derruida y en su interior tan sólo se encontraron los enseres de Manuela, colocados sobre su cama y, sobre ésta, una preciosa muñeca de trapo. Cuenta la leyenda que los días de luna llena, en el árbol grande que capitanea el cerro alto del pueblo, se escuchan risas de niños y la voz de una mujer que les canta con voz de templo. Hay que cuenta que enterrada al pie de dicho árbol hay una muñeca de trapo que sonríe con los ojos bien abiertos pero nadie se atrevió jamás a comprobarlo. Dicen que hay miedo de arrebatarle al árbol dicha muñeca y que Manuela vuelva a buscarla para regresarla a donde debe estar…

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Obra registrada a nombre de Justino Hernández en SafeCreative.

 

 
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