Emocionalia

Hasta que la muerte nos llame…

Hasta que la muerte nos llame…

Con la capacidad y el honor que me prestan los años quiero contarte algo. Algo que quizá no encuentre empatía en las mentes de personalidad, las almas que navegan abrazadas a la senda correcta,  o todos aquellos a los que, deseando emularme, jamás les acompañó el valor para hacerlo. Quizá tanta aprobación ajena no conduzca más que a reducir nuestra breve existencia en un periplo anodino y vacío de sueños. Mi alma me llevó, afortunadamente, al camino incorrecto…

Me enamoré como manda la tradición, asociando edad con ilusión al despertar de mi ser como mujer y desde el inicio de aquel sentimiento creí que sería para toda la vida, pero fue ésta misma la que me enseñó, con el tiempo, que cultivar es una cosa y mantener la bondad de los campos es otra. Cierto es que preparé mi boda con litúrgica precisión, sin salirme del guion establecido y, de forma pormenorizada, fui trenzando los gustos, el cariño y las caricias por mi hombre cada día de mi vida. Jamás negaré que sintiera amor por él pues no en vano me dio lo más importante de mi vida, mis dos hijos, pero si volviera a empezar le amaría desde la distancia que se ama a un buen amigo.

Hay trenes que pasan por tu estación y, a pesar de perder su destino o llegar tarde a su partida, siempre dejarán en tu mente el olor inconfundible de la equivocación de no tomarlo. Me quedé sentada una vez, compartiendo versos y besos como Penélope y advertí que a pesar de saber que jamás regresaría, siempre tendría un hueco en lo más profundo de mi corazón. Aprendí a vivir con ese espacio el resto de mi vida, aligerando de sentimientos mi aliento y alimentando el Amor con ilusiones fútiles.

Los años pasaban como agua entre los dedos y paulatinamente me iba despidiendo, cada mañana, cada tarde, cada instante de la muchacha que fui hasta convertirme en una mujer madura de bien y de principios sólidos y estables. El reconocimiento de mi matrimonio se hacía pilar importante de mi sociedad pues vivíamos tiempos convulsos donde la tibieza o el desorden conducían a la decrepitud individual, y siendo mujer, al abandono y a la mala prensa. Sin duda alguna, supe darme a los míos y dar a los demás lo que ansiaban para vivir vidas ajenas y desperdiciar las propias.

Mientras pinceladas de plata se iban incorporando a mi testuz y la lozanía de mi piel me iba abandonado como se abandona la cama por las mañanas; lentamente y sin ganas, en mi memoria se agolpaban como efluvios aquellos sentimientos que bajo las telarañas de la desidia impuesta yacían en lo más íntimo de mi secreto de mujer. Y aunque luché, lo juro, por obviar sus manifestaciones y confundir sus llamadas con emociones mal gestionadas, nunca tuve la fortuna de darles certera solución para que me olvidaran para siempre. Por eso, me acompañaron durante todos estos años como se acompaña, siendo aroma, a la mujer que te depositó en su cuello.

Quise mantenerme fiel a mí misma, a mis decisiones, ser consecuente con lo que en su día elegí, y acaté con firmeza y templanza el desenlace de mi vida, por eso, mantuve su mano agarrada hasta el final, hasta que la parca sintió celos exacerbados y con los mismos argumentó su marcha. E imagino que ha de ocupar un sitio preferente, allí donde esté, porque fue un hombre bueno.

Me quedé sola, sin eco en las habitaciones de casa y sin palabras que compartir pues la soledad es muy suya para eso y rara vez te concede el honor de hacer que te sientas acompañada. Mis manos, casi amasijo de huesos inconexos con tendencia a unirse en puño deforme, no gozan ya de la tensión para sujetar mi cuerpo cuando es menester y, menos aún, para sujetar a este pobre lapicero que a duras penas acierto a conducir con tino para escribir cuanto quiero. Superé el sonido de la puerta cuando cierro, la fiereza de los pasos tras de mí mientras camino por el pasillo interminable de mi casa, el olor a senectud de todo cuando me rodea y la rabia que me da no poder disfrutar de aquello que debí.

No obstante, la vida es como un juez desmemoriado, ataviado de recortes en instantes y con ganas de enmendar. Por eso, creo que estos últimos instantes de mi existencia, han de ser vividos con la serenidad que ofrecen los hechos y la ilusión que aporte mi maltrecho corazón.

Uno de esos días, después de volver a casa, paseando por el Parque de María Asunción, me senté a tomar resuello y a gozar de algún rayo de sol antes de mi enésima reclusión. Mientras tenía la mirada perdida al frente y con cierta cadencia hacia mis pies, noté como alguien se sentaba lentamente a mi diestra. No mentiré si digo que no presté ni mínima atención en el comienzo pero juro que instantes después noté un empujón brutal en mi pecho, una sensación inconfundible y voraz que me llevó a girar la cabeza…

Con abrigo de paño viejo, zapatos de uso prolongado y manos entrelazadas. Párpados curvados y la misma mirada. Tez de vuelta y media, labios agrietados pero aún generosos y todo el misterio intacto que me llevara a guardar para sí tantos años atrás… Ramiro, el hombre de mi vida, cuarenta y ocho años después había vuelto a mi lado sin avisar. Sin mediar palabra, ni reconocimiento alguno, mantuvimos las miradas pétreas abandonándonos a la conversación de las mismas mientras de nuestros ojos, caprichosamente, se precipitaban lágrimas sin demasiada fuerza pero con todo el sentimiento del mundo. El destino nos había dado la oportunidad de apurar nuestros últimos días para concederle a aquel Amor la posibilidad de existir antes de marchitar para siempre.

Ahora, cuando los hilos de mi realidad se precipitan al abismo del olvido y todo parece concluir, me gustaría que me entendieras y, con la misma razón que comenzaste a leerme, ofrecieras el beneplácito de la duda a cuantos amores se quedaron en la cuneta víctimas de la torpeza que la juventud nos ofrece. Y con el afecto que regala la mirada de un niño llegaras percibir, por un segundo, lo maravilloso que es poder morir después de rescatar de las fauces del olvido aquel Amor que te consiguió mantener vivo…

Dedicado a todas aquellas personas que tienen la valentía de apostar por el Amor. 

Espero que os haya gustado y os rogaría que si así fuera, os suscribieseis en el formulario de la web para recibir de primera mano y en un mail mis publicaciones. Gracias por vuestra atención, sois muy importantes para mí.

Obra registrada a nombre de Justino Hernández en SafeCreative.

 
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