Emocionalia

El espejo de los sueños que vuelven…

El espejo de los sueños que vuelven…

De todas y cada una de las veces que se miró al espejo y nadie le destacó su sonrisa, ni le recriminó la arruga de la camisa, ni si siquiera le colocó el cabello mal peinado, de todas esas veces surgió la necesidad de entrar en el espejo para conocer a su otro yo y llegar, desde la soledad, a quererse como jamás nadie lo había hecho antes.

Algo sentía que le hizo cerrar los ojos…Porque cuando se levantaba escuchaba los mismos versos que al acostarse siendo el silencio la estrofa más repetida, el suspiro la cadencia más utilizada y la caída de párpados el cierre más común para sus poemas de introversión. Ya que cuando recorría los metros del pasillo su propio eco llegaba antes que él a su destino y la desidia, acompañante de primera fila, tiraba de su pijama para llevarle hasta el baño. Sin encontrar motivos para despertar iba inventándose formas y maneras de crear una sonrisa creíble para mostrarle al espejo. Éste, exigente pero gentil con su figura, le devolvía una imagen simpática y cariñosa capaz de hacerle entender al cerebro que, quizá, por empezar un nuevo día, ya existía un motivo excelente para estirar la comisura de sus labios hasta reír, sin saber de qué. Entonces, el sonido irrenunciable de la periodista de la emisora de radio le adentraba en la monotonía diaria antes de abrir el grifo y  recibir el agua caliente para afeitarse.

Cada día invertía menos tiempo frente al armario, contemplar y elegir combinaciones estériles de ropa le parecía algo anodino y trivial pues consideraba que la verdadera vestimenta quedaba oculta a los ojos que no van más allá del tejido superfluo que venden en las tiendas de moda.

Antes de marchar al trabajo, asociado con nostalgia a rituales ancestrales creados de la nada, daba un repaso a todas las estancias de su casa, asegurándose de dejar todo en condiciones. Alguna vez llegó a considerar que los trastornos compulsivos no iban con él, pero en realidad lo consideró tantas veces que al final tuvo que reconocer que hacía tiempo que vivía en matrimonio con más de uno…Por esta razón, cerraba su puerta con un “no tardo, pronto vuelvo” con la intención de que al regresar, sus propias palabras, hubieran pactado, en mágica conjetura, la posibilidad de recomponerse para formar un “hola cómo te fue…” cuando girara la llave y abriera la puerta al volver a casa.

Los días, no exentos de momentos afortunados y entretenidos, intensos y comprometidos, viscerales y entrañables… e incluso cuantificables, terminaban de la misma manera, casi de forma cíclica, generando pequeñas diferencias cuando existía la posibilidad de pasar a la memoria a largo plazo los instantes verdaderamente irrepetibles. Por esa razón no advertía necesidad alguna de comprometerse ni comprometer a nadie en su afán de dibujar un horizonte distinto al habitual. La sorpresa y el devenir de la vida era su tabla de salvación para encontrar alternativas reales a lo que andaba buscando. Emular a Penélope sin que la aparición de las canas fuera un elemento que le importara demasiado.

Al principio se sorprendía por su incapacidad para llegar a comprender la voluntad humana, o mejor dicho la idiosincrasia de la torpeza de su raza para filtrar la tristeza, el sufrimiento o la soledad de los iguales. Después todo pasó a ser diferente. Impermeable a la necedad y solidario con los errores propios y ajenos, asumió que la mejor forma de combatir la discapacidad emocional es la sonrisa aderezada con dosis implacables pero sutiles de ternura. A raíz de tamaño descubrimiento comenzó a caminar por los campos de la guerra sin estropear las costuras de su alma y garantizando que, al regresar a la cama, cada noche, no cargaría con innecesarios y estériles cuentos sin letra.

La observación interior se convirtió en un fenómeno recurrente y necesario, un factor que desencadenaría aspectos jamás antes explorados ni conocidos. Hasta tal punto que se llegaba a encontrar  sentimientos que, sentados y de brazos cruzados, aguardaban en algún rincón de su corazón para salir a escena. Llenos de polvo cósmico y telarañas de vergüenza. Les abría los brazos y los sacaba a corretear por su cabeza hasta que, después de oxigenarle la sangre con intenciones renovadas, regresaban al músculo rey para tomar nuevas identidades y comenzar a transformarle en un hombre nuevo.

Los sueños de cada noche, torbellinos sin control alguno, mercenarios del pensamiento regresivo, iban y venía para alimentar litigios absurdos entre el pasado y el futuro. Tristemente, jamás se decantaba la razón hacia ninguna de las partes y siempre se desvanecían las alternativas entre hipótesis intrascendentes.

Por eso, una de las noches, en ese tipo de noches donde parece que las hadas pululaban por los alrededores de su almohada, abrió su alma y le permitió a la más vieja de todas que entrara y tomara de su interior lo más valioso. Ella aceptó de buen agrado y se llevó, guardado en un saco de tela brillante, todo el amor que le sobraba. Notó como su pecho se vaciaba y quedaba liviano y con el eco de una habitación vacía.

A la mañana siguiente, después de discernir con la inteligencia sobre la credibilidad de lo sentido, pudo advertir una pequeña cicatriz en su pecho. Repitió, como cada día, el ritual de levantarse abrazado a la desidia y cuando fue a mirarse al espejo encontró algo diferente.

No se vio reflejado, ni tan siquiera se sintió comprometido con la imagen que proyectaba. Sólo sentía un deseo irrefrenable de adentrarse en el otro lado, de abandonar para siempre la realidad tangible, de sumergirse en la quietud del instante de la cara opuesta…Puso un pie al otro lado del marco, miró por última vez hacia atrás y se desvaneció por completo dejando su casa sin ecos, ni pisadas, ni más leyendas que almacenar…Entonces, pensó que era feliz.

Al poco rato, le despertó el ruido de su despertador, se había vuelto a quedar dormido con la intención de soñar con una vida mejor sin llegar a darse cuenta de que la mejor vida que viviría jamás se le estaba yendo entre los dedos. Nunca más volvió a perder el tiempo en dislates ni curiosidades pretéritas. Ni se volvió a hipotecar en promesas de papel celofán. Porque la vida es el único motivo para soñar…y como advirtió Calderón; “Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son…”.

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Obra registrada a nombre de Justino Hernández en SafeCreative

 
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