Emocionalia

El peso que tuvo una lágrima…

El peso que tuvo una lágrima…

Aún recuerdo, con mezcla de nostalgia y tristeza, como si lo escuchara ahora mismo, aquel sonido de la suela de mis viejos zapatos sobre las escaleras de piedra que daban acceso a la escuela en que asistí los primeros años de mi niñez. Siempre fríos, con granos de arena que dificultaban el caminar y facilitaban, por otra parte, la posibilidad de ir al suelo quedando a merced de risas, comentarios y algún que otro capón de los desaprensivos intolerantes con la desdicha ajena. Yo, niña menuda y sin demasiada participación en carnes, solía pasar, casi siempre, desapercibida pues, para ser sincera, jamás me daba demasiado a la charla o el intercambio de juguetes con las compañeras de clase, fundamentalmente porque en mi casa no hubo nunca posibles para nombrar dichos objetos en plural. Mi muñeca de trapo y cuerda me acompañó hasta bien pasados los doce años. Nuestra relación se terminó abruptamente cuando la dejé caer, sin querer, desde el puente de piedra que cruzaba el río que nos llevaba a casa de mi abuela. Viendo como se sumergía al tiempo que el río se la llevaba fue como ver como se hundía con ella mi niñez, las conversaciones furtivas bajo las sábanas de invierno y todos aquellos besos que siempre le di. Recuerdo aquel momento como la primera vez que supe el peso de una lágrima y el verdadero sentido de una despedida.

A decir verdad no entré en la escuela con menos ilusión que nadie, aunque de sonrisa tenue también buscaba, supongo, el amparo de alguna mirada de complicidad entre las niñas que me acompañaban por entonces. Desgraciadamente, ninguna salvo Sara tuvo a bien descubrir la bondad, si es que la hubiera, de mis palabras o del sabor de la media torta de pan con azúcar que me acompañaba siempre en los recreos a media mañana. Sara llegó a convertirse en la muñeca que perdí, entendiendo que, con todo el respeto que aún me causa su recuerdo y su persona, siempre me escuchó y supo entender hasta el más mínimo de mis impulsos. Allí donde esté le mando todos mis besos y la otra mitad de mi torta, sin ella no me sabría igual…

Mi madre no advertía que en ocasiones llegaba a casa con las manos teñidas con hilos rojos en la palma de la mano. Tampoco llegó a saber jamás, pues yo traté de ocultárselos siempre, aquellas feas manchas que cubrieron mis nalgas en más de una ocasión. Creo que de haberlo sabido habría sufrido más que yo pues eran otros tiempos. Entonces, la mujer tenía restringidos derechos universales, personales e individuales, aunque fuera aquél legítimo de auxiliar a una hija por saberla lastimada por manos ajenas. Mi pobre madre vivió aquellos días pensando que su pequeña acudía cada día feliz a la escuela sin saber que cada vez que me dejaba en la puerta me estaba colocando en los albores de las fauces del más temido de mis miedos.

Doña Francisca, señora de tez albina y mirada penetrante, voz desgarrada y manos frías jamás me tuvo estima, creo que fui la piedra en su camino y por tanto y por nada quiso descargar sus miserias sobre mí, que era tan sólo una niña, hasta que terminé mis estudios primarios. Cada mañana me obligaba a prepararle las brasas que hubieran de calentar sus piernas mientras que de nuestras pequeñas bocas surgían efluvios en forma de vapor que atestiguaban el frío que pasábamos mientras escribíamos temblorosas nuestras primeras letras.  Paseaba entre las mesas persiguiendo nuestras dudas y cuando éstas surgían parecía olerlas a distancia. Se acercaba a mi lado y susurrándome al oído me advertía que si fallaba sería la responsable del futuro negro que me esperaba, de los días aciagos que tan sólo una inútil como yo podría esperar. Sin llegar a taparme los oídos, mi cerebro conseguía la ausencia de sus palabras y me refugiaba en soñar que era yo quien enseñaba, que era yo quien enseñaba a caminar por encima de las letras y los números, que era yo quien gozaba de acto de Enseñar a los demás…Desgraciadamente, un manotazo no pensado sacudía mi pequeña cabecita y la hacía golpear contra el pupitre de madera mientras era acompañado de un – Jamás serás nadie…-  sin explicarme jamás a qué se refería con tamaña aseveración, máxime cuando yo siempre supe que ya por entonces era alguien.

Hoy he comenzado el que será mi último trimestre como maestra de escuela. Si, llegué a alcanzar mi sueño y quizá, sin saberlo, Doña Francisca, alentó mis inquietudes más profundas dando, con cada manotazo, cada improperio y cada insulto, mucho más sentido a mi verdadera vocación.

Al fondo de la clase se sienta Lucía, una pequeña con voz entrecortada, de mirada esquiva y manos menudas, casi siempre heladas. En los recreos juega con una niña más pequeña que ella o, sencillamente, no juega. No me atrevo a preguntarle por qué siempre está sola, en realidad no me siento en el derecho de hacerlo, es como mirarme en un espejo y temo que sea tan sólo un sueño del que quisiera despertar. Cada mañana me atrevo a atusar su cabecita mientras entra de la calle, me devuelve media sonrisa mientras abraza una muñeca entrada en años, creo que río abajo la cogieron para ella. Jamás dejaré que nadie merme sus sueños, ni los suyos ni los de ninguno de mis pequeños.

Ahora entiendo el peso que tuvo una lágrima…Ojalá que alguna vez entendiéramos que el futuro de la vida está en los niños, en sus risas, su ignorancia y todo cuanto acontece a su alrededor. Ojalá que nuestra existencia fuera cíclica y en nuestro ocaso volviéramos al origen de todo para morir con la misma inocencia que me miran sus ojos…

Dedicado a mi compañera Esperanza, la que me transmite, cada día, el amor por nuestra profesión y el respeto que le debemos a nuestros pequeños. Gracias.

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Obra registrada a nombre de Justino Hernández en SafeCreative.

 
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