Emocionalia

El más allá está muy cerca…

El más allá está muy cerca…

Todo era demasiado extraño pero tengo que contarlo, más que nada por si alguna vez os pasa a vosotros. Mi tío Alfredo, que era el sepulturero del pueblo, fue el primero que se dio cuenta de que la gente estaba resucitando. Una mañana de madrugada, cuando aún asoma tímidamente el sol y caminaba por las galerías del cementerio, escuchó golpes en una de las tumbas de uno de los mausoleos más grandes del cementerio. Estupefacto y con la boca entreabierta pensó que aquel ruido podría provenir del movimiento de algún animal atrapado entre la maleza de las plantas que rodeaban las tumbas, pero luego escuchó la voz de una mujer. Sin pensarlo dos veces y sin conocer el color del miedo pues ni se asustó, usó el pico, rompió la lápida y la pared del mausoleo con la mayor rapidez posible, sacó la féretro y liberó a la mujer que angustiada, temblorosa y con un aspecto poco agradable, era la primera resucitada que podían ver sus ojos…
El más allá está muy cerca...Siempre se ha dicho que no hay lugar más tranquilo que la cercanía de un campo santo pues los habitantes de dicho lugar rara vez deciden incorporarse para molestar a nadie, por ello, vivíamos a escasos metros del cementerio del pueblo y no nos parecía algo ni descabellado ni estrambótico. La tía Daniela tenía una tienda y el tío Alfredo siempre trabajó en el cementerio. En mi cabeza hay una leyenda aprendida a base de escucharla muchas veces que dice que por los muertos hay que sentir respeto, no miedo. Durante toda la niñez y parte de la adolescencia viví con ellos porque mi madre se había ido a buscar mejor suerte. Con el tiempo entendí que es una de las maneras más asépticas de decirle a un niño que tu madre te ha abandonado. Mis tíos me recibieron y fui como su hijo. El tío era un hombre grande, sonriente y bonachón al que quise como a un padre. Tenía paciencia a prueba de caracoles y tenacidad para convencer al más indeciso. Con su hijo Jorge era un pedazo de pan, y para mí siempre tuvo palabras de aliento y consejos sin imposición, cuestión que he valorado mucho siempre.
Os sigo contando, por cierto, estáis solos, ¿Verdad?, no hay nadie a vuestro alrededor, ¿Cierto?. Lo digo porque a ellos no les gusta que desvele su secreto. Prosigo. El día de la primera resucitada nos mandó a Jorge y a mí a buscar agua y comida, porque la señora en cuestión dijo que tenía mucha hambre. Hacía tres meses que había muerto y no había comido nada. Leerás estas palabras ciertamente asombrado pero la realidad, a veces, supera a la ficción y si no lo ves, estoy convencido de que no lo crees. Para no tener problemas con las autoridades, mi tío metió el ataúd vacío y reparó el mausoleo y la lápida como si dentro siguiera el cuerpo de aquella difunta, perdón, resucitada. Llevamos a la señora a casa, se dio un baño y le dimos ropa limpia. No era de mucho hablar, total, pienso yo, tampoco tenía mucho que decir. Más tarde, una vez aseada, salió caminando hacia su casa, en donde la familia se sorprendió pero la recibió bien, es decir, tan sólo hubo un infarto de por medio…que viendo las circunstancias y sin muerte era el menor de los problemas. Después un doctor dictaminó que había sido catalepsia, esa enfermedad que hace que la gente parezca muerta sin estarlo. Sin embargo, nos dijo otro médico, que tres meses era demasiado tiempo para que un cataléptico volviese a la vida.
El más allá está muy cerca...Repito, ¿Te has cerciorado de estar sólo?. Mira sobre tu espalda, ni si quiera las letras escritas con fondo blanco son de su agrado. Yo sólo te aviso y sigo contándote. A la tía Daniela se le metió entre ceja y ceja que eran cosas del demonio, pero el tío Alfredo le decía que el diablo no puede dar vida solo quitarla y que, en todo caso, no era un favor propio de un ser tan macabro. Jorge y yo estuvimos de acuerdo. Yo se lo conté a los compañeros de colegio y a los de más confianza del barrio, pero, evidentemente, nadie me creyó. De todas formas, Jorge y yo íbamos al cementerio todas las tardes con el pretexto de ayudar al tío Alfredo, pero lo que queríamos en realidad era ver algún resucitado salir de su tumba. Algunas veces venían compañeros del colegio, con más miedo que vergüenza, pero el tío les decía que no quería intrusos en el cementerio, que no había nada que ver, y que era un sitio donde el silencio debía reinar por encima de todo.
Dos meses después de que saliera de la tumba la primera resucitada, salió el segundo. Era un chofer de autobús que habían asesinado a balazos en un tiroteo que se produjo en el atraco a una joyería tres semanas antes. Este fue más escandaloso, dijo mi tío, empezó a gritar y a maldecir al despertar. Era de madrugada también. Fría, con mucha bruma y niebla…¿Os imagináis el escenario, notáis el frío en vuestra piel?, sólo así puedes empatizar con el momento que te cuento. El tío lo escuchó y le dijo que lo sacaría, pero que se calmara. Esta vez tuvo más cuidado con la lápida. También lo llevó a casa, le dimos agua, comida y ropa. No recordaba nada y no había señales de las balas sobre su cuerpo. Cuando regresó a su casa, en esta ocasión, en lo alto de una colina, armaron fiesta de escándalo y gritos, ahí fue como se enteró todo el pueblo de que la gente estaba resucitando…
La gente empezó a llegar al cementerio todos los días. Algunos con la esperanza de que resucitara algún familiar, otros con el terror de que sucediera, sobre todo cuando ya los bienes se habían repartido. Empezaron a haber exhumaciones porque la gente quería ver que sus muertos estaban bien muertos…Paradoja curiosa para corroborar en un cementerio. Algún vándalo nocturno rompió algunas tumbas, pero no se llevó nada de ellas, quería comprobar que sólo había muertos. Hubo alguien que dijo que a los resucitados había que matarlos porque no había forma de ingresarlos otra vez al registro civil, no se les podía devolver la herencia y además igual se iban a morir de nuevo. Había vigilias católicas, ceremonias religiosas, gente orando todo el tiempo. Un verdadero caos comprendido entre dos mundos, entre dos realidades bien distintas.
Comenzaron a ordenar que las tumbas tuviesen puertas con llave que se pudiese abrir desde dentro, instalación eléctrica para luz y carga de móvil. Hubo alguien que instaló una conexión de internet para que se comunicara su resucitado. La gente ya no lloraba tanto, ahora existía la probabilidad de que regresara el difunto. A decir verdad, fue mermando la tristeza por afrontar el momento que a todos nos preocupa y atemoriza.
El más allá está muy cerca...Conviene saberlo, el mínimo ruido supone presencia de ellos…Es mejor dejar de leer, dar tres palmadas y decir en voz alta – No tengo nada que ocultar, ¡toma tu camino y regresa!- . Continuo. Resucitaron dos personas más. Una mujer muy bonita, que había muerto una semana atrás en un accidente de tráfico, por culpa de un borracho. La habían enterrado con un móvil en el interior del ataúd y una batería de larga duración, así que ella llamó a su familia y para cuando el tío la había sacado, también de madrugada, ya toda la familia estaba en el lugar, junto a varios enamorados incrédulos y emocionados.
La otra persona resucitada fue un muchacho al que habían apuñalado por quitarle la cartera con las pocas monedas que tenía encima, tres días antes. A este resucitado lo descubrimos Jorge y yo, y fue el único en resucitar a media tarde. Cosa realmente curiosa pues lo confundimos con un familiar que visitaba a sus difuntos. Escuchamos golpes en la tumba y una voz ahogada pidiendo ayuda. Emocionados fuimos corriendo con el tío Alfredo y le ayudamos a liberar al resucitado. La madre no paraba de llorar cuando llegó al cementerio por el muchacho. Su familia lo recibió muy feliz.
No resucitó nadie más. Nadie se explicaba por qué había sucedido ni por qué había terminado. Los cuatro resucitados eran buena gente, pero no habían hecho nada extraordinario. Ni siquiera eran personas que en vida, vamos, en su primera vida, hubieran hecho algo realmente extraordinario para merecer tamaño regalo. La primera resucitada se aburrió de tanta gente que llegaba a su casa y la veneraba como una santa. Terminó cambiándose de pueblo. El chofer de autobús se lo tomaba a broma, y a veces le decía a la gente que él no había sido el resucitado, sino su hermano que se había ido a la capital. La mujer bonita dejó a todos sus enamorados desairados y se casó con un extranjero que se la llevó a Norte América. El muchacho resucitado se convirtió en un próspero comerciante.
Años después murió el tío Alfredo. Yo estaba en la universidad, en la capital, y regresé lo más pronto que pude. Jorge estaba muy afectado. Al tío le dio una neumonía, no se cuidó y cuando ingresó al hospital ya estaba muy mal. A pesar de que le dijo a Jorge que lo enterraran de modo totalmente normal, y instigados por los hechos que habíamos conocidos gracias a él, le dejamos una puerta a la tumba con una llave que habría la misma desde dentro para que pudiese salir en caso de que despertara. La caja se podía desarmar fácilmente desde dentro. Acampamos en el cementerio durante semanas y por turnos nos quedábamos oyendo a ver si el tío resucitaba. Cuando vimos que no pasó nada, regresamos, bastante afectados y desilusionados, a casa…
El más allá está muy cerca...A veces, me contaba Jorge, cuando lo sueño por las noches, me levanto corriendo al cementerio para ver si resucitó. Cuando el tío cumplió un año de muerto, con tía Daniela y Jorge acordamos que nos quitaríamos de la mente eso de la resurrección. Sin embargo, cada vez que visito al tío en su tumba para su cumpleaños, pego el oído a la tumba a ver si escucho su voz de nuevo…El resultado de cada intento es que al apoyarme sobre la misma suelo mancharme las manos y se me oscurecen del polvo de la misma. Una leyenda cuenta que si algún difunto anda cerca de nosotros nuestras palmas de las manos se vuelven más rojas que de costumbre. Si yo fuera tu, después de leer esta última línea miraría las tuyas. Nunca se sabe si estamos solos…

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Obra registrada a nombre de Justino Hernández en SafeCreative.

 
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