Emocionalia

Detrás de la puerta…

Detrás de la puerta…

En ocasiones, la noche confunde los sonidos y las sombras con las formas más terribles y los lamentos más escalofriantes. Por eso, si vas a leer estas líneas, procura no estar solo o sola y, si es así, cerciórate de no darle la espalda a ninguna puerta, además mantén siempre una de las luces encendida, a buen seguro te dará algo más que luz…La fuerza de una madre será, esta noche, más necesaria que nunca.
Espero que disfrutes y que tengas dulces sueños, si es que puedes…

Detrás de la puerta...En el Hospital Materno Infantil de Huelva, corría el año 1.973, y era su primera noche en dicho lugar después de haber dado a luz con no pocas complicaciones a su primer hijo. Un parto con grandes complicaciones precedido de un embarazo repleto de fundamentos para no volver a intentarlo. El bebé dormía en la cuna junto a ella y a veces realizaba pequeños sonidos guturales que impacientaban a la madre por su condición de primeriza, aunque al rato cesaban y ésta se tranquilizaba de nuevo. Las enfermeras, aconsejadas por el doctor que la había atendido, decidieron trasladarla a la sala de maternidad y allí fue instruida en el maravilloso hacer de dar el pecho. Deshacerse hilo a hilo sobre la cuna se había convertido en el acto más voluntariamente desinteresado que una persona podía realizar por un ser tan pequeño, regalar la vida sorbo a sorbo era como fortalecer los lazos que entre ambos habían comenzado a crecer. Pasadas la horas del día, cuando el caso estaba llegando a su fin, a eso de las diez de la noche, después de llorar durante casi todo el día, el niño, preso del cansancio de su primera jornada sobre la faz de la Tierra… se durmió.
Ahora descansa niña, porque a buen seguro que mañana notarás aún más las secuelas del día de hoy…”-, le sonrió la enfermera. Apagó la luz y se fue. Rebeca se quedó pensando en la oscuridad, meciendo de vez en cuando la cuna, y haciéndose a la idea de su nuevo papel en el mundo. Recordó apesadumbrada en el padre ausente que meses antes tomó la decisión de tomar un camino diferente al de ella abandonándola sin más, y en cuáles serían las formas y maneras que arbitraría para arreglárselas sola con su criatura. –Alguien me dijo que los problemas hay que hacerles frente cuando vienen pero que no hay que inventarlos mientras tanto. Por hoy está bien, creo que me lo merezco…-, pensó para sí la joven madre, cerrando los ojos y tomando a la par una exhalación de varios segundos.
A mitad de la noche se despertó súbitamente y sobresaltada pudo notar como tenía empapado el camisón que llevaba puesto. Acto seguido, y casi por instinto, se dirigió a su pequeño y vio que dormía plácidamente. No podía entender con qué habría estado soñando, fuera lo que fuera le había causado un miedo terrible y despertar fue la mejor de las alternativas. Pero al instante de tranquilizarse tuvo la sensación de seguir soñando pues, horrorizada, escuchaba el mismo ruido que en su sueño. Aunque levemente podía percibir un ruido del otro lado de la puerta. Un sonido que emulaba los pasos de alguien en el pasillo al tiempo que jadeara como un perro. Los pasillos de un hospital en la noche son cajas de resonancia frías y ecualizadas capaz de amplificar el vuelo de una mosca. Las pisadas parecían recorrer en vaivén y de manera enérgica el pasillo frente a su puerta como si de un animal se tratara. Lo que más le preocupaba era el extraño e incesante jadeo que martilleaba su cabeza como antesala de un mal presagio. -¿De verdad es un jadeo?- Masculló entre dientes Rebeca mientras tenía ya a su bebé entre los brazos. A decir verdad, resultaba como una respiración agitada, ansiosa y entrecortada. Su pequeño pareció interpretar que los latidos del pecho de mamá era tambores augurando algo terrible y se movía de forma espasmódica controlando a duras penas sus pequeñas extremidades y abriendo los ojos queriendo encontrar respuesta a dicho momento.
La decisión debía ser rápida, Rebeca se armó de valor, tomó el interfono que todas las habitaciones tenían en los hospitales y marcó apresuradamente la extensión que comunicaba las habitaciones con las enfermeras de planta…
Detrás de la puerta...-¿Habitación 666, qué te ocurre Rebeca?– respondió una voz somnolienta y poco predispuesta al hablar a esas horas de la noche.
-Disculpe, soy Rebeca Pérez- Acertó a susurrar la chica con voz de silencio para no despertar al bebé y tratando de no llamar la atención a aquello que estuviera tras la puerta de su habitación.
-Hay un ruido al otro lado de la puerta de nuestra habitación… no sólo no nos deja dormir sino que me tiene asustada.-
-¿Perdona, has dicho un ruido, estás segura de lo que estás diciendo? No hay nadie en toda la planta, hace escasos momentos me levanté a ver a una compañera tuya y salvo las luces nada más habita el pasillo…- Aunque trató de mermar la tensión de Rebeca, un escalofrío recorrió todo el cuerpo de la enfermera desde los pies hasta la cabeza… -. ¿Un ruido como qué, podrías describirlo?-.
-No sabría decir con exactitud pero parece como si alguien caminara rápido pasillo arriba y abajo frente a nuestra puerta y cada vez se acerca más a ella. M está poniendo muy nerviosa pues respira de una forma rara. Como si se tratara del jadeo de un… animal.-
-¡No!, Dios mío, no puede ser…- Gritó ,con la voz entrecortada y alterada, la enfermera a través del interfono. Al poco tiempo, cesó de escuchar la voz de la enfermera y , de nuevo si, volvió a escuchar algo parecido a un clic y al cabo de unos segundos una nueva voz, esta vez más serena y dominante, le dijo con evidente urgencia y necesidad:
– ¿Señora Pérez, me está escuchando ahora mismo?
-Sí, estoy aquí, estamos aquí…como le dije a su compañera. ¿Qué…ocurre?-
-En estos momentos está usted hablando con la Jefa de Enfermeras de la planta. Atiéndame lo que voy a decirle y haga todo cuanto le voy a pedir. Se lo ruego. No salga, bajo ningún concepto, de la habitación. Por lo que más quiera y por el bebé que lleva entre sus brazos, ¡no salga, no salga, por favor!…-
-¿Pero, por favor, alguien me quiere decir qué es lo que está pasando?- Entre lágrimas y temblores cada vez más evidentes, presa del pánico y el miedo, alzó la voz Rebeca sin pensar ya en lo que hubiera detrás de la puerta. Y justo en ese momento, los ruidos, los pasos, el jadeo cesó de manera súbita…
Una vez más la enfermera Jefe volvió a llamar la atención de Rebeca…
-¿Tiene a su bebé ahí, cierto?
-Claro, está aquí conmigo, claro.Lo tengo entre mis brazos, estoy asustada y no me atrevo a dejarlo en su cuna de nuevo. ¿Qué ocurre?, ¡dígame!-
-Abrácelo. Abrácelo con todas sus fuerzas y péguelo a su pecho sin dejar ninguna parte de su cuerpo alejado de usted.-
-Pero…¿Qué está diciendo, se ha vuelto loca?…Me está asustando muchísimo.-
Perdiendo la compostura de la buena educación, la enfermera comenzó a tutearla
– ¡Rebeca por Dios, haz lo que te digo y no me hagas más preguntas!. Hay algo peligroso ahí afuera. Pensamos que no volvería, pero nos equivocamos y ha vuelto de nuevo…-
-¿Algo peligroso, a qué se refiere?, por favor, cada vez se oye más su jadeo, ¡ayúdenme!- Rebeca se incorporó de la cama y miró hacia la puerta que aún permanecía cerrada y sin moverse. Y en pleno grito le rogó a la otra voz del interfono…
-Entonces llame de inmediato a la policía. Y vengan cuanto antes, ya no puedo más. Ayúdenme…-
-Ya es demasiado tarde, es imposible. No tenemos tiempo.- Gritó la enfermera como si la vida le fuera en ello-. Nosotras también corremos peligro-.
-¿Qué o quién es, por Dios?-. Entre lágrimas y desesperación imploraba Rebeca.
-Es…-
Detrás de la puerta...De repente ,y de forma violenta, la puerta de la habitación comenzó a recibir fuertes golpes y reiteradas sacudidas. Era como si algo o alguien, desde el otro lado, con una fuerza sobrehumana, la golpeaba sin una y otra vez sin conseguir abrirla. Aquella respiración que se presumía antes como jadeo se había transformado en una especie de chirriante grito de hiena sedienta de sangre y loca por atrapar a su presa, que resonó y se hizo eco en las profundidades de todo el pasillo al tiempo que las demás mamás de la planta comenzaron a chillar y llorar casi al mismo tiempo que el resto de bebés. Su bebé hizo lo propio y rompió a llorar con fuerza, la misma fuerza que parecía desgarrarle la garganta con violencia.
-¡Está golpeando la puerta, está aquí y quiere entrar!- gritó Rebeca.
-¡No abras, no le permitas la entrada bajo ningún concepto, pon algo tras la puerta!- le repetía una y otra vez la aterrorizada enfermera a través del interfono- ¡No abras y abraza a tu bebé tan fuerte como puedas!, ¡Abrázalo ANTES DE QUE LO LLEVE!-.

Rebeca no dudó ni un instante e hizo lo propio. Abrazó fuertemente a su pequeño contra su pecho y lo cubrió con una mantita. La escena parecía reproducir el celo de una leona presa del pánico defendiendo con su vida la vida de su cachorro. Ni siquiera pensó en las escalofriantes palabras de la enfermera. De pronto, la puerta se abrió con fuerte golpe. Una horrible silueta de mujer, vestida con los trapos propios de una de enfermera, entró arrastrándose por el suelo como si de una serpiente se tratara. El uniforme estaba por completo teñido de rojo, la sangre goteaba y manchaba las baldosas de la habitación a su paso. Con el cuerpo retorcido y caminaba apoyada en sus dos brazos, porque no tenía piernas. De la boca le brotaba una especie de baba espesa y goteante que borboteaba al tiempo que parecía balbucear palabras ininteligibles. Su cabeza podía hacer giros completos y comenzó a mirar hacia uno y otro lado y luego se dispuso a trepar por la cuna del bebé. Sus ojos eran totalmente negros y poseía una lengua larga que le asomaba entre sus labios. Rebeca la miró como se mira a la muerte y se subió, bebé en brazos, sobre la cama, con el niño en brazos, y sin pensarlo dos veces saltó sobre aquel ser. La enfermera maldita se dio vuelta y trató de agarrarla en el aire, pero afortunadamente falló por muy poco. Rebeca salió corriendo de la habitación. Los nervios y la necesidad movieron sus piernas tan rápido como pudo mientras escuchaba los gritos de las otras madres y el jadeo incesante de aquella pesadilla que iba tras ella. Sus brazos eran casi huesos sin piel, largos y parecían las patas de horrible insecto. Rebeca llegó al final del pasillo y, aún abrazando al bebé, abandonó el hospital por una de las puertas de emergencia. El amanecer le concedió la tregua que conceden los primeros rayos de la mañana. Caminó hasta una pequeña casita que había cerca de un embarcadero de las marismas de Huelva. Abrazando aún cual posesa y meciendo al niño. No sabía dónde ir. El amanecer era frío y la chica envolvió al bebé con una manta que había cogido antes de salir corriendo de la habitación para protegerlo.
Cuando la mañana trajo el día, y desde la comisaría más cercana que encontró contó el caso y la pusieron en contacto con el hospital del que no había vuelto a saber nada desde hacía horas.
-¿Rebeca?- era la voz de la enfermera, que parecía muy preocupada-. ¿Dónde demonios fuiste, Rebeca?, ¿Dinos que tu hijo y tu estáis bien?-
-Abandoné el hospital. No me van a obligar a volver con esa cosa dando vueltas por ahí- sollozó la chica- ¿Me quiere decir qué diablos era eso?-.
-No lo sabemos y tampoco podría decirte qué o quién es.- explicó la enfermera, después de una pausa-. El hospital es antiguo, fue creado hace casi cien años, y cuando nosotras llegamos, ella ya estaba aquí. Pensábamos que era una leyenda, hasta que un día, hace diez años, la vimos. Cinco niños murieron esa noche, y uno desapareció-.
-¿Pero entonces me está diciendo que en nuestra habitación lo que entró fue un fantasma?- Preguntó airada Rebeca.
-Es algo peor. Los fantasmas son sólo visiones. Esto es algo… demoníaco. Escucha, Rebeca…-
-No pienso regresar ahí, si es lo que se propone- dijo la chica, tiritando de frío mientras la mano de un policía apoyada sobre su hombro trataba de tranquilizarla.
-Escucha, Rebeca, porque esto es muy importante- insistió la enfermera-. Debes cuidar de tu bebé las veinticuatro horas del día, porque en cuanto te descuide o tus ojos se cierren, esa cosa regresará, irá donde estés y se lo llevará. Cuando elige un bebé, no descansa hasta obtenerlo. Así ha ocurrido siempre. De nada servirá huir, ella te seguirá a donde quiera que vayas. ¿Tienes alguien que cuide del bebé, además de ti?-
-Yo…- dijo Rebeca, recordando indignada al padre de la criatura, y a sus propios padres muertos hacía tiempo. Sabía que estaba sola en el mundo. Tampoco tenía dinero para pagar una niñera-. Lo cuidaré yo misma. No dormiré nunca.-
-Eso es imposible, Rebeca. Tarde o temprano tendrás que hacerlo. Y entonces…-
-No dormiré nunca- repitió la chica, con decisión.
-Rebeca… que Dios te bendiga, Rebeca. A ti y al bebé. Ojalá pudiéramos ayudarte-…
La chica cortó. Miró a su bebé, dormido bajo la mantita de lana, y acarició su mejilla sonrosada y tibia.
-No dormiré nunca, mi vida- le prometió al niño, y unas lágrimas calientes triplicaron su visión y le corrieron mejilla abajo- Nunca. Te protegeré. Lo juro por Dios. Aunque sea lo último que haga en mi vida.-
Detrás de la puerta...Cuentan las malas lenguas del lugar que, aunque ya no existe el hospital, que Rebeca jamás volvió a dormir. Día tras día, noche tras noche, aquella madre cuidó de su bebé, hasta que éste se hizo mayor y la enfermera nocturna lo dejó en paz y los ruidos cesaron para siempre. Dicen que con el paso del tiempo, Rebeca, convertida en una anciana decrépita pese a que contaba con treinta y dos años, pudo, finalmente, cerrar los ojos y dormir para siempre, abrazada fuertemente al muchacho, mientras una lágrima de cansancio, o quizás de felicidad, resbaló por sus arrugadas mejillas cerrando para siempre su lucha y su final…

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Obra registrada a nombre de Justino Hernández en SafeCreative.

 
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2 comentarios en «Detrás de la puerta…»

  1. Andrés

    Estimado:
    Leí por completo tu relato; creo que aún tienes mucho por mejorar. Hay datos que no son necesarios y otros se vuelven repetitivos.
    También lo otro que te preguntaré es: ¿Por qué la enfermera demoníaca persigue precisamente al hijo de Rebecca? Debes trabajar más el tema de fondo, dar un sentido más trascendental a la historia….
    Decir que tienes errores ortográficos plasmados en tu narración. (Trabaja eso y dale unas vueltas a todo el panorama en general)
    Finalizando mi crítica te diré que igual tienes algo de talento porque lograba por momentos imaginar la historia en mi mente. Sigue trabajando duro que ya verás resultados.

     

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