Emocionalia

Cuando entra sin llamar y no estoy…

Cuando entra sin llamar y no estoy…

De forma cíclica, casi imperceptiblemente idéntica a la anterior pero sutilmente modificada, vuelve de nuevo a llamar a nuestra puerta la fiesta de Navidad y este año, al igual que los últimos precedentes, le solicitamos mil y un requisitos para ocupar su rincón en nuestra casa.

Cuando entra sin llamar y no estoy...Me entrega su abrigo, pesado, con miles de anécdotas en los bolsillos, recuerdos casi olvidados impregnando cada fibra del mismo y alguna que otra herida en el forro interior, para que parezca que no existe.  Lo tomo con sumo cuidado y lo pongo recostado junto al árbol para que se alimente  de otras nuevas historias que contarle a los que me sucedan, si es que para entonces la Navidad sigue teniendo hueco en las casas del futuro.  Abro de par en par las puertas de la madriguera donde paso mis días del año y le ofrezco la posibilidad de reconocer de nuevo cada una de las estancias para que vea que poco o nada ha cambiado… salvo el que habla.

Nerviosa, no tarda en solicitarme nostalgia suficiente como para sentirse cómoda anotando en una libreta cada sentimiento que he ido modificando desde que no nos vemos y asumiendo, casi siempre con pena, que cada año nuestro trato es más distante y frío. Advierte en mí la necesidad de camuflar emociones y tristemente reconoce que su amiga la vida se lo pone, cada diciembre, mucho más difícil.  Le ofrezco adornos con los que sentirse como en casa, incluso he comprado nuevas luces que sustituyeran a las estropeadas para que supiera que su luz aún se ve de lejos. Además  le silbo algún villancico de los que hacen eco en mi memoria, porque ya apenas recuerdo sus letras, y me mira a los ojos frente a un espejo entendiendo que cada vez necesito más de lo importante y menos de lo superfluo.

Aunque la conversación intenta fluir; yo suelo llamar a mis amigos y amigas, les felicito las fiestas, alguno tiene la suerte de recibir una postal, ya trasnochada, donde de mi puño y letra le envío mis mejores deseos o abrazo a los más cercanos esperando que sus días se vivan felices… Pero cuando vuelvo a casa la charla se interrumpe y nos volvemos a mirar de frente para ignorarnos de nuevo. Creo que esta relación cada vez es más anodina y no tiene sentido. Hace años nos hubiéramos jurado simpatía eterna pero las canas, las arrugas y el hastío levantaron un muro entre ambos.  Una vez más, dormirá cada noche, en el mismo rincón olvidado hasta el 7 de Enero…

Cuando entra sin llamar y no estoy...Pero a la mañana siguiente al levantarme quedé sorprendido desde el momento en que mis pies tocaron el suelo, las reminiscencias navideñas no corrían por el pasillo, ni siquiera escuchaba el sonido de los ecos de su risa, ni notaba el olor a mazapán, de ser un sueño no era demasiado cómodo la verdad.  Descalzo fui hasta el rincón donde dejé su abrigo y ya no estaba, todo era aséptico de sentimientos, sin ánimo de recordar. Creo que mi casa era el lugar perfecto para todos aquellos que odian la Navidad y fue entonces cuando llamaron a la puerta. Allí estaban ellas, eran las Dudas, esas que sólo te visitan para incomodar la quietud de la serenidad. No estaba dispuesto a ofrecerles el desayuno pero antes de que me diera cuenta ya se habían sentado junto a mí y, casi, nadaban en el café recién hecho que, humeante, subía de la taza a mi cara en cada sorbo.

Me solicitaban incesantes que resolviera los dilemas que me traían en sus manos; ¿Qué hacer con los olores de la infancia, los abrazos de papá frente a la hoguera en navidad?, ¿Dónde ubicar los momentos con la familia y todos los que se fueron, qué excusas ofrecerle a mi hija para que ella no disfrutara de tanto cuanto tuve yo? ¿Cómo olvidar que la vida son dos soplos de viento que tardan poco en amainar y por mucho que tratemos de negarlo es una fortuna recibir su azote fresco en la cara?… Me levanté y me dirigí a la ventana, la abrí con la intención de que salieran por la misma todas aquellas cuestiones pero el error fue grande porque comenzaron a entrar sonsonetes impertinentes de la calle. Niños correteando mientras golpeaban con la mano una pandereta, villancicos que ocupaban silencios no deseados en muchas de las casas de mis vecinos, resplandores de luces de Navidad sirviendo de guía para disipar y ahuyentar la Dudas indeseadas…Creo que finalmente lo entendí.

Cuando entra sin llamar y no estoy...Noté una mano en mi espalda, pequeña y solicitante con repetidos golpecitos…era mi hija con una Duda en su mirada:

-Papá, ¿Ya es Navidad?-

Quizá no se trate de volver a sentir, vivir o tener cuanto fuimos o tuvimos, sino de conceder a otros el legado que nos ofrecieron antes a nosotros. Ser feliz no es cuestión de pertenencia, ni de negarle a la vida su finitud.  Asumir desde la serenidad y el cariño que estamos de paso, tal vez, sea la forma más sensata de vivir cada diciembre. Se hace necesario recorrer la casa en cada una de sus habitaciones, abrazar a sus inquilinos, salir a la calle y empaparse de momentos, disfrutar de risas, miradas de complicidad, palmadas en la espalda y conversaciones anodinas que cada vez son más necesarias. Tal vez negarse por sistema, más que ayudar, nos conduzca a recordar que por mucho que nos empeñemos, siempre habrá que soñar…

-Sí, hija mía, ¡ya es Navidad!- Te quiero.

A mis primos Noelia y Luismi, y a sus hijas maravillosas, Carla y Andrea, por regalarme un momento precioso más…

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Obra registrada a nombre de Justino Hernández en SafeCreative.

 
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