Emocionalia

Un billete con número mágico…

Un billete con número mágico

Un billete con número mágico...Como cada mañana, temprano y sin la luz del sol como techo, me dispuse a ir a mi trabajo. La cartera de cuero en la mano derecha y en la izquierda el periódico del día que siempre suelo comprarle a Julián en el quiosco de la esquina. A esas horas los pasos sobre los adoquines suenan eternos y limpios, otorgándote una originalidad que borrarán otros, horas más tarde, y te hacen sentir que el silencio es mucho más necesario que la secuencia descontrolada de palabras vacías de sentido, que también suelen llenar el día, horas más tarde. Las farolas en invierno parecen estar circunscritas por halos de vapor que las adornan como si la oscuridad de la noche las temiera, eso les da un aire bohemio y nostálgico que siempre me llamó la atención. De camino hacia la boca del metro me cruzo con caras conocidas, las mismas que me acompañan desde que vine a vivir a Madrid para desarrollar mi trabajo. Es curioso, alguna vez tuve la necesidad o el atrevimiento de romper esa barrera del anonimato con alguna de ellas, esta ciudad es asombrosamente impersonal y a la vez sigue manteniendo el encanto de los barrios de una mucho más pequeña.
Una vez dentro de los laberintos del subterráneo y esperando la llegada de mi tren, me siento unos minutos en uno de los bancos metálicos que subrayan los anuncios publicitarios gigantescos. Esos que parecen que te miran desde tu entrada en el andén y cuestionan cada movimiento que haces para que no pierdas detalle de lo que te ofrecen. Saco mi periódico y leo los titulares principales del día, como siempre, la política es aquella parte que suelo saltarme pues conozco siempre el final…Entre tanto ha pasado el tiempo y a lo lejos, en la oscuridad del túnel puedo ver una luz que presagia que mi transporte se acerca. Una vez que se para frente a nosotros nos disponemos en hileras para entrar en los vagones, habitáculos que a esa hora de la mañana no van demasiado llenos. Recuerdo que aquella mañana, aquella de la que hablo, me senté buscando necesariamente un asiento que tuviera la misma dirección de la marcha del tren, pues de lo contrario, suelo marearme sin saber muy bien por qué. Un billete con número mágico...Abrí mi periódico y justo en el instante de hacerlo y colocarlo casi de forma vertical, mis ojos se escaparon de forma furtiva por la parte superior del mismo sin poder evitarlo. Justo a tres metros a mi derecha y, osada donde las haya, en posición contraria a la marcha, había una muchacha que me secuestró sin haber previsto que con ello me haría perder esa mañana algo más que la lectura de los artículos más interesantes de mi columnista favorito. ¿Recuerdas lo que te dije antes de romper la barrera del anonimato?, pues esa mañana fue el momento elegido. Después del juego de miradas, antesala inequívoca de la posibilidad de entablar, al menos, una conversación longeva de entre doce a quince minutos mientras llegara a mi destino, me armé de valor, me levanté y le pedí permiso para poder sentarme, con mucho valor, en dirección contraria a la del tren, y justo a su lado. Parecía una muchacha tímida pero resuelta en sonrisa agradable, menuda y de manos delicadamente cuidadas, las mismas que sorteaban con mucha elegancia los cabellos, que cubriendo parcialmente su rostro, utilizaba para apartarlos y poder mirar con ambos ojos para escucharme o hablar.
Hablamos de lo banal, como introducción de una conversación sin raíces previas, del tiempo y de lo monótono que es hacer cada día lo mismo. Le conté que llevaba tiempo en Madrid y ella me dijo que ella vivía en un pueblecito de Toledo pero que la noche anterior tuvo que dormir en los alrededores de Madrid para poder coger aquel tren, el mismo que la llevaría, sin falta a su destino. No profundizamos demasiado en nuestras vidas salvo en un instante en el que surgió la siguiente conversación…
-En ocasiones siento que la vida nos ofrece todos los días lo mismo pero con diferentes fechas en el calendario…- Le dije, esperando como respuesta un comentario sin demasiada carga moral. Pero a cambio me regaló un puñado de palabras cargadas de inteligencia: – Yo creo que todos los días son diferentes, que dejamos atrás oportunidades que jamás se pierden sino que las aprovecha otra persona. A mí me gusta pensar que cada mañana tengo muchas alternativas para poder elegir, me esfuerzo en disfrutarlas todas aunque alguna se me escapa siempre. Me gustaría que siguiera siendo así pero tengo mis dudas…- Su última indecisión me creó un desasosiego interno por el desconocimiento de cual habría de ser el motivo que originara su duda. Minutos más tardes, me comentó que se iba a enfrentar a una decisión muy importante en su vida y que, aunque no tenía a nadie para compartirla, creía que iba a optar por la mejor de las opciones. Que sólo el futuro decidiría la bondad de la misma. Estas últimas palabras me descolocaron aún más y por más que lo intenté no pude frenar mis deseos por cerrar la conversación con el intento de repetirla, pues era mi deseo volver a verla. Llegamos, curiosamente, a la estación que teníamos como destino común sin haberlo comentado en ningún momento. Nos bajamos del vagón y, optando aleatoriamente por direcciones opuestas para la salida del subterráneo, me lancé a preguntar: -¿Verdad que volveremos a vernos?, no tengo tu teléfono y si fueras tan amable, yo estaría encantado de volver a charlar contigo.- Quedándome sin palabras de nuevo, me facilitó su teléfono escribiendo su número en el dorso del billete individual de ida que había comprado aquella mañana. Y antes de depositarlo en mi mano me dijo: -No te preocupes si pasados unos días me llamas y no respondo, de poder hacerlo, prometo que te contestaré. Pero si vieras que no hayas respuesta, quiero que sepas que tu conversación me ha resultado maravillosa y que cada palabra me sirvió para recordar lo bonito que es conocer gente y disfrutar de cada día.-un billete con número mágico... Con esa última frase, se tomó la licencia de darme un beso en la mejilla y girándose, colocando su bolso en el hombro, marchó con paso calmado pero firme en dirección opuesta a la mía. Yo me quedé parado unos segundos mientras perdía su silueta entre la gente. Doblé mi periódico, me guardé en el bolsillo de mi chaqueta su billete y subí las escaleras que me llevaron hasta la calle.
Pasaron tres días en los que estuve repitiendo ese mismo trayecto, buscando su rostro, el brillo de los ojos más sinceros que había visto jamás, e incluso me senté en el mismo asiento de aquel vagón, pero no tuve la misma fortuna que entonces. Había valorado la opción de llamarla pero me parecía demasiado peligroso, una negativa me llevaría a una decepción profunda y la tristeza sería monumental. Aquél día llegué a mi trabajo y uno de mis compañeros me dijo que teníamos una reunión urgente en la sala de juntas de la sección de cirugía que dirijo. Soy médico cirujano y al entrar en la sala aquella mañana noté semblantes propios de toma de decisión y grandes responsabilidades. Se me informó de que teníamos una paciente que, albergando un tumor de importancia y gran complicación quirúrgica, alojado en la parte posterior de su cerebro, había tomado la decisión de operarse a sabiendas de que la intervención tenía unas posibilidades de éxito del 50%, o lo que es lo mismo, podría quedar en estado vegetativo para el resto de sus días si al término de la sesión no tuviéramos una resolución positiva. Desde que comencé a trabajar como cirujano asumí que la vida de las personas tiene un valor incalculable, tanto como el tamaño de la responsabilidad que supone intervenir en este tipo de casos, por esa razón decidí que iríamos hacia delante para intentar la vida de aquella persona. Una vez realizados los trámites administrativos, burocráticos, técnicos y, sobre todo, preparatorios de la intervención propiamente dicha con todo mi equipo me dirigí hacia el quirófano número 4 del hospital.Un billete con número mágico... Entré por la puerta y pude ver a la paciente, en este caso una mujer, a la que habían afeitado totalmente la cabeza y con la cara cubierta esperaba para ser tratada. Cada incisión, cada corte, cada punto de sutura y desplazamiento de las circunvoluciones cerebrales eran una decisión que, cual funambulista, me llevaba a debatirme entre el todo o nada. La vida de aquella persona estuvo en mis manos y finalmente conseguimos terminar la operación con éxito aunque habríamos de esperar varios días para valorar su evolución y redacción del informe final que confirmaría su recuperación total futura.
Pasaron las 48 horas pertinentes en estos casos y una de mis compañeras me dijo en la sala de reuniones, justo al llegar por la mañana, que esa misma mañana debía pasarme por la habitación 278 en la que se encontraba esta persona para valorar su situación. Me comentó que desconocía el por qué de tamaña recuperación pero que había sido una intervención exitosa pues la paciente ya había comenzado a ingerir líquidos y ofrecía lateralidad y movimientos primarios en todas sus extremidades. Además, me comentó, como curiosidad, que a duras penas y con un habla poco ininteligible, propio de momentos posteriores a tales intervenciones, aquella persona había pedido que le facilitaran su teléfono móvil, que era urgente encenderlo y comprobar algo importante para ella…Obviamente no le día mayor importancia a aquella anécdota y sí que me alegré mucho de haber salvado una vida más. Salimos de la sala de reuniones y con mi informe bajo el brazo me marché caminando por el pasillo hasta la 278, llamé a la puerta antes de entrar y del otro lado una voz tenue me animó a pasar. Cuando entré se me cayó el informe del brazo y me quedé paralizado sin saber qué decir. No había surgido palabra alguna entre aquellas cuatro paredes pero ya estaba todo dicho. Sus ojos, los ojos con el brillo más sincero que había visto jamás, me miraban fijamente y su boca me volvía a sonreír. Le había salvado a la vida a la que hoy día es mi mujer y la madre de mis hijos. Me acerqué muy despacio a su cama, colocándome en un lateral, sin saber si dirigirme a ella como paciente, como amante o como hombre sin demasiado que decir. Una vez más, fue ella y su genialidad la que puso el broche final a aquel encuentro en un tren que nos llevó camino de la felicidad. Me cogió la mano con la suya temblorosa y depositó su móvil encima. Un billete con número mágico...Mientras una lágrima brotaba por su mejilla me dijo: -Pensé que jamás me llamarías y me estaba quedando sin batería. Afortunadamente todos los días se nos ofrecen oportunidades para ser felices y hoy tu eres la mía igual que lo fuiste aquella mañana en el tren…- Sin saber qué decir, eché mano al bolsillo de mi camisa, donde cada día guardaba el billete con su número, y en lugar de sacar el papel cogí de mi pecho el corazón y se lo entregué para siempre, uniendo nuestras manos para mantenernos conectados de por vida. Celebro que cada día tengamos oportunidades que jamás se pierden sino que las aprovechan otras personas, aquella mañana la vida me sonrió a mí. Vigila bien cuando salgas mañana a la calle, puede que la vida te ofrezca, sin saberlo, la tuya…

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Obra registrada a nombre de Justino Hernández en SafeCreative.

 
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